ERES TÚ.

ERES TÚ.

El conocimiento más liberador que he interiorizado gracias al feminismo es algo muy simple en realidad. Tan sencillo que me parece raro haber tardado tanto en comprenderlo. Ahí va el aprendizaje: tú no me tratas mal por lo que yo soy; tú me tratas mal por lo que tú eres.

Una cosa es entender esto intelectualmente y otra muy distinta es ser capaz de sentirlo como una verdad absoluta. No sé si me explico… Aunque parezca obvio que cada cual se representa a sí mismo por medio de sus acciones, este razonamiento simple y poderoso se vuelve confuso si desde pequeña te enseñan —de muchas formas y desde diferentes lugares— a sentirte culpable del maltrato recibido.

«Algo habrá hecho ella para que él la trate mal». Ese ha sido el circuito de pensamiento más común hasta ahora. Durante siglos se redujo a las mujeres a ser un mero complemento del varón, la alteridad, «lo otro». Por eso se nos ha quedado enquistado un sentimiento de culpa extremo que sirve a los hombres como excusa para eludir la responsabilidad de sus actos.

Es fácil que una mujer se sienta responsable de las acciones y reacciones de un hombre. Nos educaron como cachorras que necesitan gustar al amo, que se sienten atemorizadas y tristes cuando él se enfada y las reprende.

Pero estamos cambiando. Ahora surge un nuevo entendimiento. Hemos crecido. No somos cachorras inexpertas que mueven la cola aunque el amo las trate mal. Ahora sabemos que el hecho de que haya hombres que nos desprecian no significa que nosotras seamos despreciables, sino más bien al revés: eres, sobre todo, lo que haces.

Bajo este prisma, cuando alguien te trata como a una inferior, tú sabes que solo se está retratando a sí mismo. ¿Te odia? ¿Te trata mal? Eso no tiene nada que ver con ninguna característica tuya. Te trata mal porque es un maltratador. Te odia porque es un misógino.

Nosotras también tenemos que asumir la responsabilidad sobre nuestro comportamiento, por supuesto. Si de él hablan sus acciones, de ti lo hacen las tuyas. Y por eso es doble el orgullo que siento al ver a tantas mujeres feministas transformando el desprecio que reciben a diario en acciones contundentes, clarificadoras y pacíficas. Lo pienso y se me ponen de punta hasta los pelos de los pezones, tía.

Somos lo que hacemos. Y nosotras lo estamos haciendo muy bien.

¿QUIERES MI LIBRO?

¿Qué hacía ese hombre solo en la calle de madrugada? ¿Había bebido? ¿Cómo iba vestido? ¿Iba buscando violar? ¿Siguió con su vida normal después de cometer la violación? ¿Disfrutó? ¿Tiene una vida sexual activa? ¿Ve mucho porno? ¿No es muy loco que se cuestione más a las víctimas de violación que a los violadores? A lo largo de los aforismos y reflexiones que componen este librito, Patricia Sornosa se plantea estas y otras preguntas relacionadas con temas fundamentales de nuestro tiempo como los derechos de las mujeres y la lucha de clases, la prostitución, el alquiler de vientres o el porno. Y lo hace con un humor corrosivo que no deja ningún jardín sin pisar.

Los picotazos de Sornosa son zarandeos inesperados que te sacuden y cuyo veneno puede despertar tu conciencia: puede sacarnos del rebaño, hacernos pensar fuera de la caja. Y, como muestra, tres descargas ponzoñosas:«¡Qué frío! Hace un día de sofá, mantita y nacionalizar eléctricas».«Si eres mujer no sólo te vas a topar con el techo de cristal, te va a tocar limpiarlo».«El feminismo no viene a cambiar a jugadores por jugadoras. Viene a cambiar las reglas del juego».

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