AÚN SOMOS JÓVENES.
Hoy es el cumpleaños de mi madre y vivo dando por sentado que estará aquí eternamente. Pienso, de forma infantil, que nunca nos separaremos. Sé que no; un día el camino se dividirá. Quizá yo me vaya antes y no tenga que preocuparme por este asunto. Pero si se va ella, me quedaré sin tantas cosas importantes que me asusta solo pensarlo. Está bien no rumiarlo. Lo mejor es vivir como si eso nunca fuera a pasar, celebrar cada día el encuentro cotidiano sin esa excesiva emoción que impediría experimentar el AMOR verdadero —y con mayúsculas— con ese aroma de infinitud que le es propio.
Hay dolores que no muestran su verdadera dimensión hasta que irrumpen. Por mucho que se anticipen, no enseñan la profundidad de su significado hasta el preciso momento en que ocurren. Tantas cosas mías se irán con mi madre: los recuerdos de mi infancia, los cuidados constantes, su amor incondicional, las historias de una vida… Además, con ella se irá una valiosísima información médica, social y biográfica que almacena en su corazón gigante y en su mente despierta sobre mis hermanos y sobre mí. ¿Dejan de existir los hechos pasados si nadie los recuerda? Creo que sí. Por eso, que tu madre esté viva y tenga buena memoria hace que tu propia existencia tome un volumen precioso.
Mi madre cumple hoy 72 años y yo ya tengo casi 50. Las dos nos hacemos mayores y tomamos conciencia de que la despedida es un evento inevitable que se aproxima. Nos dolerá mucho, eso es un hecho, pero desde luego que nos hemos amado, nos lo hemos demostrado y nos lo hemos dicho. ¡Pasamos tanto tiempo juntas, en familia, y nos divertimos muchísimo! Siempre que pienso en ella, mi corazón se hincha de amor y, sobre todo, de agradecimiento.
Querernos hoy nos ayudará también mañana. Aún somos jóvenes, pero ya no tanto como para ignorar que el tiempo que viene es oro. Y que, para que las despedidas duelan menos, hay que haberse querido con el corazón completamente abierto. ¡Así que celebremos hoy que nos hacemos mayores, pero que aún somos jóvenes!
¡Feliz cumpleaños, mamá! (22/9/26)
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¿Qué hacía ese hombre solo en la calle de madrugada? ¿Había bebido? ¿Cómo iba vestido? ¿Iba buscando violar? ¿Siguió con su vida normal después de cometer la violación? ¿Disfrutó? ¿Tiene una vida sexual activa? ¿Ve mucho porno? ¿No es muy loco que se cuestione más a las víctimas de violación que a los violadores? A lo largo de los aforismos y reflexiones que componen este librito, Patricia Sornosa se plantea estas y otras preguntas relacionadas con temas fundamentales de nuestro tiempo como los derechos de las mujeres y la lucha de clases, la prostitución, el alquiler de vientres o el porno. Y lo hace con un humor corrosivo que no deja ningún jardín sin pisar.
Los picotazos de Sornosa son zarandeos inesperados que te sacuden y cuyo veneno puede despertar tu conciencia: puede sacarnos del rebaño, hacernos pensar fuera de la caja. Y, como muestra, tres descargas ponzoñosas:«¡Qué frío! Hace un día de sofá, mantita y nacionalizar eléctricas».«Si eres mujer no sólo te vas a topar con el techo de cristal, te va a tocar limpiarlo».«El feminismo no viene a cambiar a jugadores por jugadoras. Viene a cambiar las reglas del juego».
