MI EXPERIENCIA CON LA CANCELACIÓN

Reflexiones tras la tormenta transgenerista

QUIÉN SOY

Mi nombre es Patricia Sornosa y me gano la vida haciendo comedia con perspectiva feminista. También tengo la fea costumbre de expresar mi opinión en las redes sociales. Aunque ahora sé que hacerlo no es un juego inofensivo, pues la expresión sarcástica en el espacio virtual de mis preocupaciones acerca del transgenerismo y sus leyes tuvo consecuencias reales y muy serias en mi vida.

PELIGRO INMINENTE

Cuando me animé a criticar abiertamente el transgenerismo, sabía que experimentaría resistencia. Ya había visto cómo se trataba a las mujeres que se atrevían a cuestionar las leyes que favorecen a los hombres que se sienten trans, tanto aquí en España como en América del Sur, Estados Unidos, Canadá o el Reino Unido. Los castigos severos a las feministas se replicaban como si se tratara de un patrón de manipulación social cuidadosamente diseñado. Eran muestras escandalosas de poder que servían como aviso a navegantes: no te atrevas a poner objeciones a nuestras pretensiones. Sabía que el simple hecho de reflexionar sobre el transgenerismo entrañaba peligro; aun así, me sorprendió la virulencia de los ataques que recibí.

MOTIVACIÓN PARA HABLAR

Y si era consciente del peligro, ¿por qué me pronuncié? Pues por varios motivos:

  1. Una preocupación honesta sobre cómo la ley trans podía perjudicar a las mujeres, cómo las borraba legalmente como grupo y cómo anulaba nuestros derechos, tan duramente adquiridos.
  2. El daño que puede causar en los niños hacerles creer que pueden nacer en un cuerpo equivocado y que el sexo se puede cambiar. Las feministas sabemos que las mujeres somos el dique de contención entre los abusadores y la infancia. De manera que, cuando las mujeres están fuertes, la infancia corre menos riesgos. Un abusador se regocija con el maltrato a los que menos pueden, y las mujeres somos el obstáculo principal que se encuentran cuando desean abusar de los más pequeños. Lo cierto es que pude ver esos peligros, me preocupé y quise avisar. Sé que la mayoría de la gente no tiene el tiempo ni el interés para andar leyendo leyes o cuestionándose lo que le dicen desde los medios de comunicación. Así que me parecía indigno saberlo y no dar la voz de alarma, aunque sospechaba que hacerlo no me iba a beneficiar. Era fácil imaginar que, dado el clima social establecido, pronunciándome no tenía nada que ganar y sí mucho que perder.
  3. A nivel filosófico, también me preocupaba que las ideas transgeneristas contaran con tanto apoyo social en una sociedad que se considera a sí misma cada vez más feminista. Entonces, pensaba: ¿qué entiende la gente por feminismo? O sea, ¿cómo puedes creerte feminista y sostener que el maquillaje, los tacones y los sentimientos pueden convertir a cualquier hombre (incluso a un violador), mágicamente, en una mujer y, por lo tanto, en sujeto de protección especial frente a las conductas machistas?
  4. Tenía sospechas fundadas de que todo este asunto iba de proteger los privilegios de hombres egoístas. Decir «yo deseo», que ese deseo sea injusto y que, aun así, las leyes se pongan a funcionar rápidamente para convertirlo en una realidad legal —en un «sí» enorme— es un privilegio de los hombres. Las mujeres no podemos decir «yo deseo» y ver cómo las leyes cambian sin lucha. Por justo que sea ese deseo, normalmente encontramos resistencia. El esquema para las mujeres suele ser un «no»:
    • Deseo votar… ¡no!
    • Deseo divorciarme… ¡no!
    • Deseo conducir… ¡no!
    • Deseo planificar mi maternidad… ¡no!
      De hecho, para poder ser consideradas seres humanos, nos ha tocado pelear. Y aún nos toca.
  5. Todo el asunto de tomar el género y el sexo como sinónimos me parecía una locura gigante. Sentí que debía atravesar el miedo que me daba expresarme y oponer resistencia a una ideología dañina y regresiva; una ideología que debe ser señalada y cuestionada por el bien común y, en especial, por el bien de las mujeres y la infancia.

¿QUÉ HICE PARA RECIBIR ESTE MALTRATO?

¿Demostré mi inconformidad con la ley trans usando la violencia o dañando a personas concretas? ¡No! Soy cómica y mi especialidad es señalar, con bromas que solo pueden herir a egos sensibles, los comportamientos egoístas que dañan a las mujeres.

Así que escribía en redes cosas que no son para tanto, pero que causaron escándalo porque con ellas daba voz a muchas feministas que no se iban a mostrar amables con la nueva religión machista, ni iban a mentir, ni tampoco a respetar los pronombres de los santos intocables; sino que iban a cuestionar y a cachondearse de sus intentos de manipulación y control, que es algo que molesta mucho a cualquier fanático religioso. Fui una pecadora y una hereje, y escribí en RRSS cosas como:

Estoy en contra de la mal llamada LEY TRANS por muchos motivos, pero el principal es… que me la he leído.

¿Dices que hay un movimiento nuevo que pone las identidades de los hombres (sus sentimientos, pensamientos y metas) por encima de la seguridad de los cuerpos de las mujeres y la infancia? ¡Eso no es nuevo! ¡Es machismo y tiene milenios! No hacían falta alforjas para este viaje.

El sexo no se asigna al nacer, se observa. Si hay pene: es un hombre. Si hay vulva: es una mujer. Si hay un coño bien grande: es una feminista.

Ahora, si quieres conocer el sexo de tu hijo o hija en las ecografías, debes fijarte en cómo mueve las manos, en si pone morritos o si lleva el cordón umbilical como si fuera una diadema o una corbata. Fijarte en los genitales es transfobia.

El sexo es ciencia. El género, creencia. Y la confusión interesada entre sexo y género es violencia.

Si eres un artista, no te cancelan aunque violes, abuses o uses la violencia. Pero si eres una artista, basta con que cuestiones algunas ideas para que pretendan fulminarte hasta de tu propia obra, como han intentado hacer con J. K. Rowling y muchas más.

¿Cuántos queers hacen falta para cambiar una bombilla? Uno que declare que siente que la bombilla está cambiada y todos los demás para silenciar y amenazar a las mujeres que señalan que ahí no hay luz.

Esas y otras frases acabaron explotándome en la cara en el verano de 2022, convirtiendo el escándalo en un caso paradigmático de la cultura de la cancelación y en una de las situaciones más exigentes a las que me he enfrentado en mi vida.

Al cabo de unos años, recogimos esas y otras frases en un libro titulado Picotazos, con ilustraciones de Lina Álvarez, que se publicó con la editorial Moderna. Puedes comprarlo AQUÍ.

Pensé que, si esas frases tuvieron el poder de enfurecer al monstruo de la cancelación, bien merecían un lugar menos efímero que las redes sociales. El libro fue para mí un bonito colofón que me sirvió para cerrar esa etapa.

LOS HECHOS

Así que yo iba expresando en redes con claridad mi postura respecto al sexo y al género, y recibiendo «cariñitos» de los activistas trans, pero en el verano de 2022 algo pasó y la cosa se desmadró.

En agosto fui invitada a participar en Estirando el chicle —un pódcast muy popular— y mi sola presencia allí desató una tormenta de indignación en redes sociales que tuvo consecuencias graves en mi vida. Mi caso puede enmarcarse en lo que se llama «cultura de la cancelación», que se define como un fenómeno social en el que «una persona puede ser vetada, ignorada o víctima de un complot que promueve su eliminación digital o social» por conductas problemáticas o (como es mi caso) simplemente por comentarios considerados inaceptables.

Tras esa invitación, muchas personas reaccionaron con dureza: calificaron mis puntos de vista como transfobia, cuestionaron la decisión de darme visibilidad y pidieron que se boicoteara el pódcast. Recibí un acoso masivo que no se limitó al ámbito de las redes sociales, sino que se replicó en medios de comunicación como radios, televisiones y revistas. El escándalo no fue por criticar la ley en el pódcast, ya que eso nunca pasó; el escándalo fue por llevar al programa (y cito textualmente de un diario de esa época) a «una cómica que en sus redes discrepa de la teoría queer y la idea de que el sexo es un mero constructo social».

Se consideró imperdonable que me invitaran, y se lo hicieron pagar caro a ellas…y mucho más caro a mí.

Quiero repetir que en el programa no hablé de la ley trans ni de temas queer; deslicé un solo comentario acerca de que el género es opresión. Fue un comentario de lo más inocente, pero lo cortaron en edición.

Todas sabíamos (sin que nadie nos lo tuviera que decir) que las críticas al género como identidad estaban vetadas, que eran peligrosas. Lo sabíamos igual que un esclavo en la plantación de algodón sabe que no le conviene enfadar a un amo injusto, poderoso e iracundo. Así de interiorizada tenemos la sumisión. Y así de grande era (y es) la presión a la que se sometió a las mujeres para que sintiéramos miedo de hablar de este tema, de expresar nuestras justas preocupaciones y de provocar que el amo nos diera unos buenos latigazos.

Hoy en día, el sistema de esclavitud se ha sofisticado: el amo puede castigarte manipulando la opinión pública y abocándote al aislamiento y a la falta de oportunidades y recursos sin mancharse las manos. ¡Y vaya si lo hizo!

LOS LATIGAZOS

Violencia digital

Recibí miles de insultos burdos de haters y otros más sofisticados en artículos de opinión que pretendían ser sesudos. Recibí muchas amenazas. Las presentadoras y colaboradoras del programa me dejaron en el desamparo al no defenderme (ya no a mí, sino a su propio derecho a invitar a quien consideren oportuno). Alguna de ellas hasta se disculpó públicamente y por escrito por el «error».

Sanción y ostracismo profesional

Sufrí descrédito en medios de comunicación de alcance nacional y experimenté en primera persona esa cancelación que muchas veces escucho decir a la gente de izquierdas que no existe.

Me despidieron de Podimo. Tenía un pódcast con otra cómica que funcionaba bien, pero me pagaron la indemnización y me despidieron. Colaboraba con Carne Cruda y sospecho que no me renovaron porque yo ya había estado hablando sobre el género en redes. Cuando sucedió el escándalo, hicieron varios especiales en los que no solo no me llamaron para que me explicara, sino que consintieron que se me insultara reiteradamente. Tampoco me volvieron a llamar para actuar en el Teatro del Barrio, por poner solo dos ejemplos.

Por supuesto, no te dicen directamente que dejas de interesar por tus opiniones críticas con el género; así que, quizá, son solo sospechas infundadas y esas decisiones forman parte de la libertad editorial. Sin embargo, hablamos de algo muy grave: si una persona pierde su trabajo no por su desempeño profesional, sino por una controversia que ni constituye delito ni implica un daño directo a terceros, estamos hablando de sanciones sociales muy severas, difíciles de justificar, que atentan de forma directa contra la libertad de expresión.

El hostigamiento de los activistas trans no se limitó a las redes sociales. Llamaron a los teatros en los que estaba contratada con el fin de presionar para que yo no actuara. Algunos, por fortuna, no se dejaron doblegar; pero otros sí, por miedo al escándalo y al descrédito. También recibí pintadas en las fachadas de los teatros, carteles con acusaciones de transfobia e incluso me increparon en directo.

No puse ninguna denuncia porque son acciones anónimas, así que ni siquiera tengo a quién culpar. Tampoco hice una denuncia pública porque en su día consideré que sería perjudicial para mí, que no era una buena publicidad y que solo significaría que más gente cogería miedo a contratarme. Bastante precaria fue ya mi situación durante un tiempo: perdí trabajo y oportunidades.

En cuanto a las relaciones sociales

Perdí amigas que temían que se las relacionara conmigo y se les pegara la temida etiqueta de «tránsfoba». Ya nadie quería hacerse fotos conmigo. Hubo conocidos que me hablaban por privado, pero no en público; otros dejaron de hablarme y algunos, además, antes de desaparecer, me escribieron mensajes condenatorios para dejar claro que me despreciaban.

Merma de la salud mental y física

No extrañará saber que enfrentarme a ese nivel de estrés me provocó insomnio, nerviosismo e intensos dolores musculares que carecieron de explicación médica durante meses.

Desconcierto por el limbo ideológico

Después de lo sucedido con Estirando el chicle, me encontré en una especie de limbo ideológico en el que pasaron cosas muy curiosas. En programas de izquierdas se me insultaba, mientras que en los de derechas se me invitaba a hablar. Mujeres «feministas» me criticaron duramente e influencers de la manosfera me defendieron.

Yo estaba desconcertada. Es una sensación rara percibir que, para reafirmar la identidad de una minoría, la mía tuviera que destrozarse en mil pedazos. Por lo visto, yo ya no era feminista, ni progresista, ni defensora de los derechos de los gais y lesbianas, ni de izquierdas. Era una fascista de la peor calaña sin haber gaseado a nadie.

Se me cerraron muchos espacios de expresión de izquierdas. Durante años, ningún medio de esta tendencia entrevistó a las feministas críticas con el género. ¿Dónde se podía escuchar nuestra voz y difundir nuestro pensamiento? Así que acudí a hablar cuando me llamaron de la cadena COPE para entrevistarme. Cosa que alguna gente de izquierdas utilizó para decir: «¿Veis cómo las TERF son fascistas?».

Los mismos políticos que, para sacar adelante las propuestas que les interesan, pactan hasta con el diablo (sea del color que sea), encuentran inaceptable que las mujeres feministas se expresen donde se les permita. No tienen en cuenta tus argumentos, sino dónde los expresas, mientras te cierran sus micrófonos y sus teatros. Por lo visto, debería haberme quedado en un rincón, muriendo de pena y de inanición.

Pérdida de la reputación

Si da rabia cuando hablan mal de ti en tu grupo de yoga o en la tienda del barrio, imagina cómo se siente ver tu reputación manchada en medios de alcance nacional. Mi nombre se arrastró por el fango. Es lo que se llama la falacia del «envenenamiento del pozo», ¿no? Se te etiqueta como tránsfoba y, solo con eso, se desprestigia cualquier cosa que puedas decir o hacer, aunque hayas dedicado toda tu carrera a defender los derechos de las mujeres.

Pérdida de la autoestima

Cuando recibes un rechazo masivo, es difícil no creer que todos los demás piensan que eres despreciable. Eso, de alguna manera, se te impregna y acabas dudando de ti misma. Y te pasa factura. Durante un tiempo estuve avergonzada y me relacionaba desde esa vergüenza. A la hora de buscar trabajo esto me influyó, porque una no va con la misma seguridad a proponerse a un teatro o a una sala cuando eres simplemente una cómica, que cuando eres «la cómica tránsfoba», que fue el sambenito que se me colgó y que aún colea.

Por suerte, ya no siento esa vergüenza. Ahora, después de trascender esa situación y de haber sido capaz de sostenerme entre tanta mentira, siento un orgullo íntimo por ser quien soy.

¿QUIERES MI LIBRO?

¿Qué hacía ese hombre solo en la calle de madrugada? ¿Había bebido? ¿Cómo iba vestido? ¿Iba buscando violar? ¿Siguió con su vida normal después de cometer la violación? ¿Disfrutó? ¿Tiene una vida sexual activa? ¿Ve mucho porno? ¿No es muy loco que se cuestione más a las víctimas de violación que a los violadores? A lo largo de los aforismos y reflexiones que componen este librito, Patricia Sornosa se plantea estas y otras preguntas relacionadas con temas fundamentales de nuestro tiempo como los derechos de las mujeres y la lucha de clases, la prostitución, el alquiler de vientres o el porno. Y lo hace con un humor corrosivo que no deja ningún jardín sin pisar.

Los picotazos de Sornosa son zarandeos inesperados que te sacuden y cuyo veneno puede despertar tu conciencia: puede sacarnos del rebaño, hacernos pensar fuera de la caja. Y, como muestra, tres descargas ponzoñosas:«¡Qué frío! Hace un día de sofá, mantita y nacionalizar eléctricas».«Si eres mujer no sólo te vas a topar con el techo de cristal, te va a tocar limpiarlo».«El feminismo no viene a cambiar a jugadores por jugadoras. Viene a cambiar las reglas del juego».

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